Todo empezó con una radio para un coche. No es un artículo de lujo, sino algo asequible para el conductor medio. Esa fue la chispa de lo que se convertiría en un gigante de las comunicaciones inalámbricas. En 1928, los hermanos Paul y Joseph Galvin lanzaron su empresa en Chicago. La llamaron Galvin Manufacturing Corp. El nombre Motorola aún no existía. Llegó en 1930 con su radio de automóvil de bajo coste.

La marca se quedó. Se expandió rápidamente a radios policiales, audio doméstico y, finalmente, televisores. En 1947, la empresa eliminó formalmente “Galvin” de su identidad. Ahora era Motorola. Este cambio no fue sólo cosmético. Señaló un movimiento hacia una marca unificada para sistemas electrónicos complejos.

El verdadero punto de inflexión llegó con el silicio. Motorola vio el potencial de los transistores antes que muchos otros. En 1958, obtuvieron la licencia de un diseño de Bell Laboratories. Esto les permitió convertirse en un fabricante líder. Los transistores allanaron el camino para algo más grande: los microprocesadores.

En 1974, Motorola vendía estos chips a fabricantes de computadoras. Se podría esperar que dominen la revolución de las computadoras personales junto con gigantes como IBM y Apple. Lo intentaron. En 1993, Motorola colaboró ​​con IBM y Apple para desarrollar el primer chip RISC (computación de conjunto de instrucciones reducidas) para el consumidor. El objetivo era claro. Cree un procesador más rápido y eficiente para las masas.

No salió según lo planeado. La empresa RISC fracasó. Pero Motorola encontró un camino diferente hacia el éxito. Se centraron en microprocesadores integrados. Estos son los pequeños chips que se encuentran dentro de los dispositivos cotidianos. Electrodomésticos de cocina. Buscapersonas. Consolas de videojuegos. PC portátiles. No se podían ver, pero estaban por todas partes. Este nicho resultó mucho más rentable que la carrera RISC de alto perfil.

También lideraron la carga en los sistemas de telefonía celular. Motorola definió la era temprana de las comunicaciones móviles. La era de los teléfonos plegables era en gran medida su dominio.

Luego las cosas se pusieron pesadas. Las pérdidas financieras se acumularon a finales de los años 1990. La crisis de las puntocom y las cambiantes demandas del mercado perjudicaron. Los primeros años de la década de 2000 fueron brutales. El negocio de los semiconductores, que alguna vez fue una joya de la corona, se convirtió en un lastre.

La solución fue drástica. Motorola se deshizo de su negocio de semiconductores. Vendieron la división de hardware. ¿Por qué? Para sobrevivir. Para reenfocarse. Querían concentrarse en lo que mejor conocían: teléfonos móviles y equipos de redes. Fue un retiro a las fortalezas centrales. Un giro lejos del complejo mundo de la fabricación de chips.

El legado sigue siendo visible. Desde la radio del coche hasta el chip de la nevera, el ADN de aquella startup de garaje de 1928 sigue ahí. Pero el camino no fue lineal. Estaba lleno de giros equivocados, proyectos abandonados y salidas necesarias. El chip RISC falló, pero ganó el chip integrado. La división de semiconductores cerró, pero la marca de teléfonos perduró.

¿Qué sucede cuando la tecnología central se vuelve demasiado costosa de mantener? Motorola tuvo que elegir entre escala y enfoque. Eligieron centrarse. La pregunta ahora es si esa elección definió su futuro o simplemente retrasó el siguiente giro.